7/7/19

¿Por qué cuento? (Ana Tovar)

Ana Tovar en el Maratón de Cuentos de Guadalajara

¿POR QUÉ CUENTO? MI EXPERIENCIA EN EL 28 MARATÓN DE GUADALAJARA

Parafraseando el artículo “Darse a conocer” que redactó Pep Bruno en su blog: aquellos que llegan a un escenario con público deseoso de escucharle contar, pueden haber recorrido previamente rutas largas o cortas.

Pueden haber llegado a veces por casualidad: porque acudieron a alguna sesión acompañando a alguien, porque vieron algún panfleto que anunciara una sesión de narración y asistieron por curiosidad y así ampliar su agenda cultural. O en el caso de los que somos padres y/o madres, queremos llevar a nuestros peques a un cuentacuentos por puro divertimento, para alejarlos de la tele, para animar en ellos el gusanillo por coger luego un libro, para desarrollarles la escucha activa, etc. (estas son al menos las mías).

Mi caso es una mezcla de todo esto. Desde pequeña los cuentos me persiguieron desde el imaginario, es decir, no era una gran lectora, pero sí una gran inventora de historias, las cuales me encantaba leérselas a mis padres, a mis compañer@s de colegio. (Todavía recuerdo, ese libro de lengua española de Santillana -rojo con cuadrados concéntricos de colores- que dedicaba una hoja en cada tema para crear cuentos o poesías). También recuerdo siendo yo una niña, a muchas personas adultas a mi alrededor queriendo escuchar de mí, no sé qué historias pues les encantaba ver y oír cómo contaba mis cosas. ¡Hasta se reían de mis ocurrencias!  Quizás era el deseo de llamar la atención lo que me llevaba a ello, pero nunca, pensé que de esto se podría llegar a hacer una profesión.

Después de muchas rutas profesionales sin meta, la vida me puso al mando de un centro infantil donde tuve mi primer contacto con niños de 3 a 36 meses, y allí descubrí lo que mi voz y mi imaginación podían hacer con ese público. Aproveché para formarme y sacar la titulación pertinente para poder trabajar con ellos, y me di cuenta que sentía una debilidad por contarles cuentos de diferentes maneras: a través de canciones, con títeres, con láminas, con libros álbum… El ratito del cuento era la parte que más me gustaba, y sentía que ellos sentían lo mismo que yo. No todos los culitos estaban quietos, pues eran muy chiquititos, pero me las ingeniaba para que de alguna manera contáramos el cuento, así que lo convertía en un cuento motor.

Durante ese recorrido, acudí al Festival de cuentos de Los Silos para recrearme e inspirarme. Y siempre veía a los contadores y contadoras como seres admirables y cautivadores, pero lejanos. Es decir, que disfrutaba de su buen hacer pero que su profesión no tenía nada que ver conmigo, pues yo nunca me vi como contadora, cuentacuentos o narradora, no creía en mis posibilidades dormidas.
Posteriormente, la vida me puso ante público en alguna exposición en la que hacía uso de la palabra y del espacio escénico, y el feed back de los oyentes (adultos) resultó ser muy positivo. Esto me llevó al mundo del teatro para investigar un poco más sobre la interpretación, y ahí descubrí la puesta escénica y la improvisación.

Recordando mis inicios con las letras, empecé a escribir micro cuentos, y algún premio gané, pero siempre me pasaba lo mismo:” Y ahora… ¿qué?”. Quería contarlo, no me apetecía que se quedara acostado en el papel. Mi voz empujaba desde dentro. Pero poca atención le ponía.

Luego, siendo madre y queriendo compartir más con mis hijos (Amara y Bruno), me ofrecí algunas veces para ir a contar cuentos a sus aulas en su colegio. Y, una vez más, veía cómo los niños y niñas se subían conmigo a mi vagón del cuento y recorríamos juntos ese pequeño viaje. Cuando bajaba de ahí, de ese ratito flipante, las maestras me felicitaban y me animaban a seguir.

Así que después de tantos “¡toc, toc!” en mi puerta, la vida me puso delante un día a la bibliotecaria del pueblo en el que ahora resido: Lupe, que desde su sexto sentido me propuso contar un cuento a un grupo de niños y niñas de infantil, que iban a visitar su centro. El público no era conocido, no eran los niños y niñas del cole de mis hijos, era público nuevo con profes nuev@s y los nervios no pararon de susurrarme frases de boicot. Pero algo, una fuerza que empujaba desde dentro, me animó a hacerlo, y allí que fui, y fue realmente fascinante, vibrante, impresionante…Como dice Pep, un “hormigueo de pura felicidad” que te dice:” ¡Quiero repetir!”

Estas y otras experiencias despertaron en mí un: BUSCA FORMACIÓN AL RESPECTO. Y acudí a talleres de formación, a más sesiones de cuentos, a leer y a leer cuentos, a escuchar y a escuchar videos de youtube de otros profesionales, a ofrecerme como contadora en otros colegios, en centros de la tercera edad, en ateneos…A acribillar de preguntas a los narradores y narradoras que me iba encontrando por el camino, y me hablaban de AEDA, de la Asociación Canaria de Narración Oral Tagoral; Acudí a más festivales…Y andando estas nuevas sendas, empecé a probar nuevas cosas y a tropezarme con gente linda que se suma en mi afición y con la que he hecho una bonita amistad, y con la que me he visto acudiendo a más talleres, más cuentos, y hasta viajando hasta Guadalajara, España, para el 28 Maratón de cuentos. Nunca antes había mirado para este lado, y nunca antes había escuchado que existieran estos lugares, y ahora se ha abierto para mí un mundo nuevo y apasionante. Me di la oportunidad de creer en mí.

Y aquí me detengo, en esta última experiencia: El Maratón de Cuentos en Guadalajara, la cuna española de los cuentos. Tantos años organizándose éssto y yo, como dije, mirando para otro lado. Quiero compartir que es un “must” para tod@ aquél que quiere empezar en este mundo cuentil. Es una vivencia que se puede vivir de muchas maneras, y yo voy a contar las 2 mías:

1- Como público aficionado fue una experiencia espectacular. Un lugar donde se respira la palabra es algo que todo el que desea empezar en esto ha de vivir. No sólo te nutres de historias nuevas y formas de contar que te ayudan a ampliar tu visión de lo que es narrar, sino la magia que envuelve al que se encuentra en el escenario y que llega hasta ti. Es un halo que te eleva y te devuelve al suelo una vez termina el cuento. Hay halos más potentes que otros, hay halos más insulsos y otros que tardan horas en traerte a la tierra, pero todos son necesarios pues te dan un buen referente de qué es lo que quieres o no llevarte contigo. Aquí confirmé mi sentimiento de quiero seguir contando, quiero ser como esas grandes narradoras y narradores, pero me di cuenta de una cosa que explico detalladamente en mi segunda percepción.

2- Había personas, tanto noveles como profesionales, que iban a disfrutar del contar independientemente del número de oyentes que hubiera y del cómo lo hicieran, pero también vi a otras que iban a lucirse, lo que llamaría yo: “egos”, con “e” minúscula. Minúscula porque en vez de hacerse grandes en el escenario se volvían pequeñ@s en su ánimo por querer deslumbrar. No había un te cuento (te regalo un cuento) sino un óyeme (regálame tu atención) Y de esto…pequé yo…Sí. Lo admito. Tuve la oportunidad de contar en el horario de madrugada, sobre las 2:30 a.m era mi turno, y hubo un retraso de una hora pues pocas personas habían respetado los 5 minutos de tiempo para contar, con lo cual conté a las 3:30 a.m y mi cuerpo, y sospecho que muchos de los pocos que quedábamos allí, no estábamos con la escucha activa muy despierta. Reconozco que no disfruté de los compañeros y compañeras que contaron antes que yo, porque la sensación era de: “quiero contar ya”, y la noche se me estaba haciendo pesada. No tenía actitud amable para la escucha y mi contada reconozco que tampoco lo fue, y eso no se debería repetir. Opino (y es mi humilde opinión) que, ante todo, debemos ser fieles a nuestro sentir, y si no estamos en la mejor predisposición para dar (contar), mejor quedarnos callados, y regalar nuestro cuento en otro momento. A la mañana siguiente, tenía hora para volver a contar, a las 11 a.m y esperando que se llenara, pues quería ser escuchada por más público, dejé pasar a otras personas en lista. Y, por fin regalé mi historia, a un grupo más considerable de personas que lo disfrutaron como yo, pero ¿qué me llevó a retrasarlo?: Mi deseo por ser escuchada por más pares de orejas, sin más.

Y ahora que han pasado dos semanas desde que volví y lo veo todo con distancia me voy al rincón de pensar y, me pregunto y me respondo:

¿Por qué cuento? Aunque todavía estoy en la búsqueda de mi voz, creo que estoy dándole una oportunidad para expresarse después de muchos avisos.

¿Para qué cuento? Para disfrutar y hacer disfrutar. Para regalar momentos mágicos como los que he vivido yo.

¿Para quién cuento? Siempre, siempre, debo contar para otros no para mí misma. Ya que los cuentos son un viaje de ida y vuelta donde no sólo quien los pilota se divierte sino también los que te regalan sus sentidos para irse contigo de viaje. Sean uno o sean mil, debo bendecir a quien ha venido a escucharme, porque si no hay nadie, no tengo nada qué contar.
Quedan otras preguntas, pero esas ya me las iré respondiendo a medida que vaya escuchando las señales.

Y, concluyendo, si la vida me ha conducido hasta los lugares donde los cuentos viven, donde los canalizadores (narradores, narradoras) son elegidos por los cuentos, y si esto está en mi actual mundo creo que estoy nadando a favor de la corriente.

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